Resulta sorprendente que en estos tiempos donde resuena sin cesar la consigna del «puedes ser lo que quieras», hayamos renunciado a vivir en nuestra vocación. La vocación como llamada a ser nuestra mayor posibilidad ha quedado circunscrita a unas escasas ocupaciones y personas, mientras que a los demás se nos invita a identificarla con el desempeño obediente de una función productiva que se nos dé bien y nos guste. El resultado es un individuo sometido y deprimido, exhausto y autoexplotado, que está en continuo movimiento y se muestra incapaz de darle sentido a todo aquello que hace.