Somos amos y esclavos de nosotros mismos, y nos explotamos. La frase en sí produce escalofrío. Nos reconocemos como dependientes de nuestros logros. Pero, en esta sociedad de la competencia y el rendimiento, nunca alcanzamos lo que perseguimos; nuestros logros son frustrados una y otra vez. La velocidad, la competencia, el afán' de lograr poder y poder tener dinero, y ser 'exitoso, convierten al amo en esclavo del trabajo. EL esfuerzo está dirigido a perder el goce de la vida sólo para sentir un dominio que nunca llega. El amor desaparece. Ya no existe el otro, porque el otro únicamente es un medio: un instrumento de placer. Al ver al otro nos vemos a nosotros mismos, porque el otro soy yo mismo: espejos que se reflejan, pero donde uno no ama la diferencia que hay en el otro. Y dado que todos somos iguales en la sociedad uniforme que todo lo vuelve homogéneo, entonces es claro que muere el otro. A-topo es la muerte del lugar del otro. El amor se convierte en hedonismo. Amar al otro es amarse a sí mismo. La promiscuidad y la pornografía nos presentan cuerpos a la carta y evidentes. Nada se deja a la imaginación. Hay una muerte del secreto y todo está a la vista. El deseo muere: cada cuerpo es suplido por otro.