A partir de 1872 la transformación del sistema de transporte y la ebullición de la tecnología que permitió el flujo de información a escala global en tiempo real, favorecieron una división internacional del trabajo entre aquellas sociedades especializadas en producciones intensivas en capital y de alto valor añadido, y otras caracterizadas por producciones intensivas en trabajo y de reducido valor añadido. Como los precios de los productos industriales crecieron más rápido que los de los alimentos y las materias primas, esta división del trabajo produjo una fractura entre aquellas sociedades más desarrolladas, las primeras, y otras subdesarrolladas, las últimas, cuya posición e influencia en el escenario internacional fue cada vez menor.