Apesar de la advertencia nietszcheana acerca de la peligrosidad que el exceso de los estudios históricos ocasionaría en la vida sana de los pueblos, el inicio del siglo nos encuentra instalados en lo que se ha dado en llamar «el giro histórico»: una creciente conciencia del impacto que la historia ejerce en los más disímiles campos del saber. Simultáneamente y más allá del mundo de la historia como disciplina académica, se observa una fascinación con la memoria, visible en la transformación de nuestra cultura histórica. Este fenómeno enfrenta al historiador con los límites de una disciplina que había permanecido aislada de los debates públicos casi más de medio siglo.