Debió atorársele uno de esos sueños excéntricos en la mitad de la cabeza. Debió atornillársele bien adentro, por eso aquel dolor tan singular en la sien. Ella sabía que se trataba de un sueño y nadie pudo desmentirla puesto que el neurólogo del hospital lo comprobó. Siete placas demostraron que la señora Josefina San Gaspar de Castaña tenía atascado el sueño en la cabeza y no, como sucede con frecuencia, una canción igual de cursi que empalagosa, un pensamiento suicida o uno de esos extraterrestres biliosos, parasíticos y holgazanes que crecen en el cerebro y que la ciencia médica lleva mucho tiempo confundiendo con tumores.