Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía —sábelo, allí donde estés— es el perfume del tabaco rubio que me devulve a tu espigada noche, a la ráfaga de tus más profunda piel. No el tabaco que se apira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equivoca fragancia que deja la pipa en los dedos.